Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Reciban un cordial y afectuoso saludo en al amor de nuestro Señor Jesucristo y de María nuestra Madre.
Con alegría me dirijo a ustedes una vez más en este mes de noviembre, en el cual el Plan Diocesano de Pastoral nos invita a reflexionar sobre el valor del diálogo, teniendo como lema: “Si tu hermano te ofende, habla con él a solas” (Mt 18, 5).
En efecto, el diálogo es la mejor herramienta disponible para enfrentar las diferencias que podamos tener como personas; diferencias que son comunes entre los seres humanos, pues, donde hay más de dos personas juntas se generan conflictos, crisis. Pero esos conflictos debemos aprovecharlos para buscar el fortalecimiento de la convivencia. Toda crisis ha de convertirse en una oportunidad para crecer.
Ese crecimiento sólo puede llegar cuando los individuos se ponen de acuerdo entre sí, lo cual se realiza mediante el diálogo con los demás. Pero ese diálogo no puede ser un instrumento de “pelea” para combatir al otro y rebatir sus argumentos de modo irracional ni encerrándonos en nuestras posiciones, sino más bien, que ha de ser un diálogo sincero y abierto, respetuoso del otro y de sus ideas.
El diálogo debe de practicarse con buenos modales, con educación y respeto, siempre buscando palabras que no ofendan o perjudiquen al otro; procurando que en todo momento sea ameno, no tenso, abierto, espontáneo y salpicado de un buen optimismo para llegar a una feliz conclusión que satisfaga a todos.
Por otro lado, noviembre es el mes de la familia. Efectivamente, la familia es el lugar propicio para fomentar el diálogo, pues, es un elemento imprescindible para su crecimiento y, por tanto, para la fundamentación de la sociedad y de la Iglesia, ya que la familia es la célula fundamental de la sociedad y es, además, Iglesia doméstica, como nos dice el concilio Vaticano II.
En la familia se fomentan los valores humanos y cristianos, y es donde se forjan los hombres y mujeres del mañana, en la que el centro debe ser Cristo que es quien ilumina y guía por el camino del bien.
De ese modo toda familia que desea ser feliz, tiene que procurar ser una comunidad de fe donde se respira la presencia de Dios y se trata de conocerlo cada día más y mejor, ya que no se puede amar lo que no se conoce. Por tanto, la familia está llamada a ser una comunidad de oración, de diálogo con el Creador.
Les exhorto a dialogar en familia, a no tener miedo de verse cara a cara, a decir me equivoqué, fallé, a saber lo positivo de papá, de mamá, de los hermanos, a saber valorar el gran tesoro que Dios les ha dado, dejándole nacer en una familia.
Que Dios siga derramando grandes y abundantes bendiciones sobre cada uno de ustedes y sus familias.
P. Ángel Díaz Gil
Vicario Parroquial
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