martes, 3 de mayo de 2011

Hubo un papa llamado Karol Wojtyla

Hubo un papa llamado Karol Wojtyla

Karol Wojtyla vino de la fría Polonia. Era arzobispo de Cracovia. Por primera vez, tras cuatro siglos y medio —exactamente 455 años—, era elevado al supremo pontificado un cardenal no italiano.

Karol Wojtyla, cuando fue elegido papa era ya conocido por su profunda fe, que ahonda sus raíces en la de un pueblo que durante un milenio ha luchado duramente para ser fiel a Dios y a la Iglesia católica y que en aquellos años de dura represión comunista ofrecía al mundo cristiano un magnífico espectáculo de fe y de práctica cristiana. Pero, además, era conocido por su sólida cultura filosófica y teológica y por un amplio conocimiento de los problemas del mundo.

Juan Pablo II desde el primer momento manifestó un doble amor y un doble servicio: el amor por Jesucristo y por el hombre redimido por Él; el servicio de Jesucristo y del hombre, llamado por él a la plenitud de la verdad y de la vida. Por ello, en sus relaciones con los estados defendió enérgicamente la libertad religiosa y los derechos humanos, en los que se refleja la imagen de Dios, pues ésta es la vía de la Iglesia, como dijo en su primera encíclica Redemptor hominis (n. 14).

El pontificado estuvo inspirado desde el principio en un sentido religioso y cristológico, y así lo demostró en su primer discurso al mundo, pronunciado el 22 de octubre de 1978, cuando comenzaba oficialmente su ministerio apostólico: «¡Abrid las puertas a Cristo!». De hecho, toda la actividad de Juan Pablo II quiso ser una ayuda ofrecida a todos —creyente y no creyente— a abrir con confianza y sin miedo las puertas del espíritu y del corazón a Jesucristo y a su evangelio, proclamado por la Iglesia. Y esta invitación quiso llevarla el papa personalmente por todo el mundo hasta los extremos del orbe, con un carácter estrictamente religioso.

Dicho carácter resulta del hecho de que los encuentros con las autoridades locales fueron reducidos al mínimo, limitados prácticamente a los momentos en que el papa llega al país y sale de él. Si bien es cierto que muchos discursos del papa tenían un indudable reflejo político y le dieron ocasión para pedir a regímenes dictatoriales de derechas y de izquierdas un mayor respeto de los derechos humanos y la libertad religiosa.

Juan Pablo II no fue un papa político, sino un papa religioso en el sentido estricto del término, porque incluso cuando abordó cuestiones políticas lo hizo movido por el espíritu evangélico y humanitario. Siempre vio al hombre en relación con Dios, del cual son un reflejo la dignidad y libertad humana, y en relación a Cristo, redentor del hombre.

La prueba más evidente del carácter específicamente religioso de su pontificado es que él pidió a la Iglesia que se comprometiera en una nueva evangelización, con nuevos métodos, nueva expresión y nueva en su ardor; que no se encerrase en sí misma, como si tuviese miedo al mundo, sino que saliera al exterior, al abierto y esté presente, sin miedos ni complejos de inferioridad, en los nuevos «areópagos», donde se hace cultura, se debaten ideas, se hacen programas, donde se decide el destino espiritual de la humanidad.

En ese sentido cabe destacar el trabajo del papa en la «Ospolitik» vaticana, que había comenzado Pablo VI, con la que se busca dialogar con los gobiernos comunistas en los que hay fieles católicos. Urge a la Iglesia el poder nombrar obispos en aquellas iglesias de la Europa del este, que estuvieran bajo regímenes comunistas, a fin de que la Iglesia cobre vida.

En el verano de 1989, cuando la caída de los regímenes comunistas parecía todavía lejana, el ateísmo de estado no nutría ya más esperanzas de conseguir extirpar el cristianismo. La bancarrota económica y social de los países de la Europa oriental, como la afirmación de libertad y democracia en Occidente comenzaron a minar las bases del «coloso» comunista.

En el otoño de 1989 llegaron los grandes cambios radicales, comenzando con el hecho más emblemático —la caída del muro de Berlín— al que siguieron las revoluciones pacíficas en Checoslovaquia, Alemania Oriental y Bulgaria y la violenta en Rumania. Entretanto, el 1 de diciembre se produjo el acontecimiento de mayor significado histórico y de mayor carga emotiva: el encuentro en el Vaticano entre el papa Juan Pablo II y el presidente soviético M. Gorbachov. Fue el símbolo del final de más de setenta años de persecución religiosa por parte de los comunistas y del fracaso de la ideología marxista que la había inspirado.

El bienio 1989-1990 ha registrado el final del imperio comunista y, con él, el retorno a la plena libertad religiosa en casi todos los países de la Europa oriental.

Juan Pablo II jugó un papel decisivo en la caída del comunismo soviético y en el proceso de democratización de la Europa del este, en particular de su país natal, Polonia. Lo que movió al papa Juan Pablo II a combatir el comunismo no fue un motivo político, sino un motivo religioso y moral: el deseo de acabar con un sistema político que se profesaba ateo y perseguía a la Iglesia y, al mismo tiempo, oprimía al hombre, negándole toda libertad. Fue, pues, el aspecto antirreligioso e inhumano del comunismo, del cual él había tenido experiencia directa en Polonia, lo que le movió a combatirlo de forma tan decidida desde el comienzo de su ministerio de pastor universal.

La tarea de Juan Pablo II no fue nada fácil, debido a las situaciones internas y externas que tuvo que enfrentar. Su misión fue ardua. Veamos algunos aspectos de la misma:

Conducir la Iglesia hacia el Tercer Milenio cristiano; dialogar con la cultura como vía esencial para la humanización de la persona; conducir al mundo a Dios, invitándolo a la santidad; dialogar con sus hermanos en el episcopado y darles su lugar, respetando la colegialidad episcopal; relanzar el ecumenismo; abrirse al diálogo interreligioso con todas las religiones del mundo; promover la reconciliación manteniendo viva la llama de la unidad con Cristo; ser joven entre los jóvenes, con una presencia viva, dialogante y comprometida a través de las jornadas mundiales dedicadas a ellos; manifestar su ardiente devoción mariana, sintetizada en su lema «Totus tuus»; lanzar al apostolado a los seglares y su plena inserción e integración en la vida eclesial, mediante el apoyo a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades; defender la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; anunciar el evangelio de la vida en medio de este mundo que apoya, fomenta y aplaude la cultura de la muerte; defender la familia y sensibilizarla de su misión dentro del mundo y de la Iglesia; promover la construcción de una sociedad más justa y solidaria; promover la paz mediante la fuerza de la oración, la justicia, la honestidad y la solidaridad; ensalzar la vocación sacerdotal como un gran misterio y un don de Dios; renovar y promover la vida consagrada y religiosa dentro de la Iglesia.

Detrás de este hombre, Juan Pablo II, se esconden unas verdades macizas y unos valores irrompibles. ¿Cuáles son estos valores?

Juan Pablo II creyó en la existencia de verdades absolutas, de principios filosóficos y de reglas morales siempre válidas, sobre las cuales solamente se puede construir la vida humana. Así derrota el relativismo, el nihilismo y el hedonismo libertario, imperantes en nuestro mundo.

Juan Pablo II creyó en el vínculo de dependencia que la libertad tiene de la verdad, por lo que la libertad humana no es nunca absoluta, sino que su ejercicio debe estar dirigido por la verdad; y en esto estriba la importancia de su encíclica «Fides et ratio», de 1998, que ha revalorizado la razón humana frente al agnosticismo, al positivismo y al nihilismo.

Juan Pablo II creyó en el valor incomparable de la persona humana que no puede ser sacrificada ni a las exigencias de la política ni a las leyes férreas de la economía y, mucho menos, a los intereses económicos de cada estado o de grupos o individuos. Así se explica también el respeto que da a la vida humana desde el momento de la concepción hasta su término natural, y su condena absoluta del aborto, de la eutanasia y de todas aquellas manipulaciones genéticas que comportan la utilización de embriones humanos con finalidad fecundadora o de investigación científica.

Juan Pablo II creyó en el valor inestimable del matrimonio y de la familia, de cuya santidad y solidez depende el porvenir —feliz o desgraciado— de los hijos.

Juan Pablo II creyó en el valor de la castidad juvenil y conyugal como vía hacia el amor auténtico y fiel, ya que sólo él puede hacer feliz al hombre y a la mujer, llamados por Dios para realizarse en el amor recíproco, que es verdadero amor cuando se convierte en don recíproco de sí mismo en la fidelidad.

A pesar de las numerosas oposiciones y críticas que recibió a lo largo de su pontificado, Juan Pablo II fue el defensor más decidido y convencido de estos valores humanos y cristianos. Y para afirmarlos no dejó de hacer llegar su palabra a las grandes conferencias internacionales, aunque en ocasiones no fue escuchado.

No obstante consiguió poner en la conciencia humana algunos grandes problemas y consiguió también, por medio de sus delegados, introducir en los documentos internacionales algunos principios morales de gran valor.

Mucho, pues, le debemos a este papa polaco. La historia le hará justicia. La Iglesia ya lo hace con su beatificación este 1º de mayo. Mientras tanto, sigamos repasando una y otra vez, agradecidos, sus documentos, que son luz, alimento y fuerza en la evangelización y en la propia santificación personal.





P. Angel Díaz Gil