martes, 13 de octubre de 2015

Juegos de lenguaje y aborto




Si bien es cierto que el lenguaje es la mejor forma de comunicarse entre las personas, no menos cierto es que también éste puede ser utilizado para la transmisión de un mensaje distorsionado y sin apego a la verdad, la cual debe primar por encima de toda posición política o religiosa.
Cuando se habla del aborto se usan muchos juegos de lenguaje con la finalidad de encubrir lo que realmente está detrás del telón. Sabemos que el aborto es un crimen despiadado de un ser inocente e indefenso con el cual pocos estarían de acuerdo; sin embargo, para suavizar el impacto que causa el término aborto se recurre a ciertos eufemismos tales como: “Aborto terapéutico”, “aborto eugenésico”, “interrupción del embarazo” o simplemente “derechos de la mujer a decidir sobre su cuerpo”.
No cabe duda de que el mal llamado “aborto terapéutico” no existe, ya que toda terapia tiene una finalidad bien clara: producir vida, aliviar el dolor o el sufrimiento causado por un golpe o enfermedad; mientras que en el aborto vemos todo lo contrario, es decir, lo que se produce es muerte y el dolor se prolonga a lo largo de la vida de la mujer que aborta: es el llamado “síndrome post-aborto”.
La palabra “eugenesia” significa bien nacido, por tanto, el “aborto eugenésico” no es más que una “selección” previa de quién debe o no nacer; en otras palabras, si lo expresamos en un lenguaje empresarial o industrial estamos ante lo que se llama “control de calidad” del producto. Este aborto se practica cuando el niño por nacer presenta algún tipo de deformación o deficiencia física y se cree que tendrá un bajo nivel de calidad en su vida, por lo que representa una “carga” (económica o anímica) para la madre y que ella tiene el derecho de no asumir.
La “interrupción del embarazo” también forma parte del juego de lenguaje utilizado para propiciar el aborto sin más. Si nos detenemos a analizar la expresión, rápidamente caeremos en la cuenta de que cuando algo se interrumpe es porque en algún momento continuará. Aquí no sucede eso. Por el contrario, se trata del aborto y nada más; toda interrupción del embarazo no puede ser otra cosa que un aborto. Interrumpir el embarazo significa simple y llanamente cortar el proceso de crecimiento de la vida de un ser humano que se está desarrollando en el vientre materno.
Los “derechos de la mujer a decidir sobre su cuerpo” es otro de los eufemismos usados con frecuencia para justificar el aborto. Es necesario aclarar que en la misma expresión hay una contradicción, ya que si la mujer decide sobre su cuerpo eso no significa que pueda decidir sobre la creatura que lleva en sus entrañas: tal decisión es sobre su cuerpo y no debe afectar al niño que lleva en su vientre. En efecto, son dos cuerpos distintos, cada uno con un mapa genético diferente. Si bien es cierto que el niño está unido a su madre porque necesita desarrollarse para estar preparado antes de nacer, no menos cierto es que no pertenece al cuerpo de la madre como cualquier otra parte de su cuerpo como brazos, ojos o piernas. La realidad es que el niño que crece en su vientre es una persona con los mismos derechos que la madre que lo está gestando, y dentro de esos derechos está el derecho a la vida, el cual es inviolable en cualquiera de las etapas de la vida del ser humano.
En estrecha relación con lo anterior se encuentra la llamada “autonomía reproductiva de la mujer” que no es más que la posibilidad de decidir “libre” y “responsablemente” si opta por la maternidad o no. Ante estas argumentaciones es necesario notar que la maternidad no es una opción, es un don. Por tanto, la maternidad debe ser vivida, no decidida.
Que “ninguna mujer desea tener un embarazo para luego abortar”, es lo que solemos oír como justificación del aborto en caso de un “embarazo no deseado”. Ciertamente hay parejas que por diferentes circunstancias no desean un nuevo en un momento determinado, pero eso no justifica el aborto. Por otro lado, es necesario señalar que la mayor parte de esos “embarazos no deseados” son el fruto de una vida de promiscuidad, en donde al sexo desenfrenado (defendido como “derechos sexuales”) se le llama “amor” cuando no es más que el goce y disfrute pasajero de una vida placentera en donde al otro se lo ve como objeto de placer, no como persona.
Como podemos ver, el tema del aborto pretende ser favorecido o justificado mediante un lenguaje que no responde a la realidad, a la verdad, de un hecho que constituye el crimen de millones de criaturas indefensas, lo cual agrava aún más la culpa de quienes participan en él directa (personal sanitario) o indirectamente (legisladores).
Ante todo esto, es necesario recordar que el derecho a la vida es inviolable, que ninguna legislación humana puede estar por encima de este derecho fundamental, el cual no es adquirido, sino regalado. Por tanto, al ser un don, la vida es sagrada y, además, un bien personal, social y comunitario; por lo que y ninguna persona o legislación tiene el derecho a decidir destino final de la vida de un ser humano en ninguna de sus fases de desarrollo, es decir, ni en su etapa inicial en el vientre materno (aborto), ni en su etapa intermedia (homicidio o suicidio), cuanto menos en la etapa final del individuo (eutanasia).